02 octubre, 2026

Tesoros.

Paolo Barretta
Y estas almas pequeñas. 
Me cuentan penas y autocuestionamientos que viví hace 10 años.
Trato de aliviarlos sin ser condescendiente. 
No tengo ninguna superioridad moral. 
Me parece igualmente que son cosas que hay que vivir. 
Recuerdo que me dolieron profundamente, pero me enseñaron mucho. 
Porque cuando era así, más joven y más inocente, me equivoqué mucho. 
Y varias veces me caí con la misma piedra, porque no quería hacer entrar la lección. 
Me dolía aprender. Me dolía avanzar. 
Pero creo… que me hizo mejor.
Me endureció para lo que vendría después.  

Soy agradecida de esos duelos que me tocó llevar.
Algunos fueron sumamente largos. 
Quisiera pensar que ya están todos atrás, pero ahora… viviendo lejos, a ratos me da la impresión que se vuelven a abrir, vuelven a hablar y llorar. 
La mayoría susurran a alguna hora del día y por lo demás, me dejan en paz. 
Otros palpitan con el sol y no se van nunca. 
Pero es crucial. Darse el tiempo. 
Si nada duele, nada es realmente feliz. Ni realmente glorioso. 
Ese es el precio.
Tal y como decíamos ese día: para vivir anestesiado, mejor nada. 
Sólo trato de no ahogarme en la emoción. 
Intento alejarme de los extremos.

Me pasa todo lo contrario que a él.
Por segunda vez desde que me fui y justamente cuando me cruzan el pensamiento, me habla alguno de mis tesoros porque necesita urgentemente mi input particular e individual sobre algo muy altamente específico. Sobre algo en lo que aparentemente a sus ojos nadie más podría aportar o contestar, sólo yo. 
Me dicen que me piensan siempre. 
Que los acompaño siempre. 
Aunque no hablemos. 
Aunque no nos veamos. 
Aunque estemos lejos. 
Que necesitan hablar conmigo porque los conozco como nadie.
Y aquí me dan ganas de sentarme a derretirme y llorar. 
Tanto amor.
Me llega a doler. Me aprieta el pecho.  
Me deja muda.