Absolutamente, sin lugar a dudas.
Pude verlo tan claramente en sus ojos cuando sostuvo mi mirada que casi pude tomarlo con mi mano.
Insistía en que lo mirara, pero a cada momento me cohibía más y más.
Con ella tuvimos un asunto bastante peculiar.
Le hablaba bien sobre mí, pero insistiendo en que no era su intención agasajarme.
Aún así, lo hizo.
Sabiendo que no quería mirarlo directamente, se puso en frente mío.
Siguió hablándole en ese mismo tono, hasta que, casi sin razón, se detuvo.
Entonces, lo miré.
Sonreía.
Había tantas cosas que quería decirle.
Pero me abstuve.
Ya había dicho muchas cosas antes.
Aún así, hizo otros comentarios y una frase no tan superficial se me escapó:
-¿Te arrepientes?- me preguntó.
No dudé ni un segundo.
-No- respondí.
Me miró fijamente, pero desvié la mirada.
-No me arrepiento de nada- continué.
Entonces lo supe.
Desde entonces pensaría que no soy más que una niña terca.
Me habría gustado decirle:
-No, no me arrepiento de nada. Mis más grandes lecciones las saqué de mis más grandes errores.
Sí, hice cosas mal, no soy perfecta. Pero usted tampoco.
Por mucho que diga que los años le dan algo que yo no tengo, no concuerdo.
La gente mayor siempre tiende a pensar que no tengo idea de lo que están hablando.
No es así.
Esto no es una de esas cosas que te da la experiencia.
La madurez es el factor. Y ya está.
No me diga que no es así.
Sí, le falté el respeto.
Pero ya me disculpé por ello.
Quiso quedar como la persona de más entendimiento, y hasta donde usted ve, así fue.
Nada más que decir.
Terca soy, pero cuando tengo razón.
¿Se lo repito?