23 octubre, 2012

Desconectada.


































Todo se siente igual.
Nada.
Nada hace una diferencia.
Todo es repetitivo.
Siento que floto en una infinidad de días irrelevantes.
Definitivamente ya no soy de aquí.
Cada fibra de mi cuerpo me dice, me pide, me ruega, me exige que no vuelva.
Y lo sé.
Pero queda menos, y ya entonces no se notará.
Sí, eres tú.
Pero también soy yo.
No se puede pasar por alto.
No tiene sentido hacer planes.
No quieres estar acá.
Es como si te diera vergüenza.
Y a mí me avergüenza tu vergüenza.
Si eso me hace estúpida, que así sea.
Ya no estoy acá.
Mi cable se cortó.
Niños pasaron jugando, corriendo y riendo y lo cortaron.
No hay nada que me pueda llevar de vuelta.
Y es perfecto.
No quiero volver en absoluto.
Qué va, no me importa si esperabas que volviera.
Porque sabes bien que muy dentro tuyo en realidad esperabas que me fuera.
Para no ser quien tenga que decirlo.
Yo lo diré.
Sin rodeos.
Las cosas no son como eran.
Como fueron.
Como habrían sido.
No son.
No fue.
Estoy desconectada.
Y se siente bien.
No me da pena, es mejor así.
Es mejor no sentir nada.
No esperar nada.
Lo que llegue, será de agregado.
No espero nada bueno de ti.
Y tampoco espero que me sorprendas.
Es más, me molestaría que lo hicieras.
Simplemente haz como yo y... apágate.

07 octubre, 2012

Irresistible.


Por un momento, sólo un momento me pareció escuchar...
Y después no pude frenarlo.
No pude evitarlo.
Era irresistible.
Se me escapó.
Salió corriendo antes de que escuchara el disparo.
Sólo dijo algo, y luego, ya no podía evitar hacerlo.
Una ola gigantesca de recuerdos me azotó violentamente contra la pared.
El ruido se apagó.
El tiempo se detuvo durante ese interminable e idílico segundo, donde volví a estar allí.
Allí, en medio de sus cosas, en medio de sus palabras, en medio de su alma.
En medio de su voz arrulladora que me decía cosas que nunca se concretaron.
Sí, yo sabía que sería así, pero dejé que se diera cuenta.
Irresistible.

Sólo bastó eso.
Una palabra, una frase, un comentario, un discurso, un sermón, un libro.
Sólo eso bastó. Ya no podía frenarlo.
Y sólo tuvo que decir eso.
A veces lo veo escribiendo allá... Durante horas y horas...
Ahora sería yo.
Ahora sería yo quien esperaría horas y horas allí.
Horas y horas para volver allá.
Allá, en medio de sus cosas, en medio de sus palabras, en medio de su alma.
En medio de su voz arrulladora para que me diga cosas que nunca se concretarán.
Para que me mienta y me dibuje la vida que nunca tendremos, pero la que vivimos por ese interminable e idílico segundo, en el que nos volvimos viejos y volvimos con las manos vacías, pero llenos de olas de recuerdos que vienen a azotarnos de vez en cuando.
De muy vez en cuando.

Pero ya no tan de vez en cuando.
Porque vuelvo mi cabeza intentando encontrar aquello que se quedó en ese segundo.
En cada esquina, en cada lugar, en cada día.
Todas las semanas he de volver allá.
Allá donde están las verdaderas olas que encontramos y que vivimos durante ese interminable segundo.