10 octubre, 2026

Abierto.

Paolo Barretta
Por supuesto que cometí errores antes. 
Hace mucho y hace poco. 
Y borramos líneas que no había que borrar. 
¿Lo hice a conciencia? 
No lo sé. Creo que no lo pensé lo suficiente. 
¿Podía haber sido grave? Claro. Claro que sí. 
¿Lo habría dejado seguir? Probablemente no. 
Creo que ya se volvieron a asentar, eso sí.
Al menos yo, tengo más que claro que eso no volverá a pasar. 
El tema es por qué pasó.
Pero… yo no le debía nada a nadie. 
Yo no le debía lealtad a nadie.

Te vi sobrecompensar después.
No con ella claro, no tengo forma de ver eso. 
Pero sí conmigo. 
Una disculpa silenciosa. 
Te entendí. 
Tal y como me dijiste alguna vez: yo no armo problemas donde no los hay.   

Pero cuando te conté el otro día lo que estaba pasando, rápidamente me contestaste algo que no creí posible y te lo negué. 
Pero me insististe. En que no me equivoque. En que no lo descarte.
Parecías muy convencido.
Pero no sé si esa asertividad con la que me hablaste me hacía pensar que creías también que yo saltaría de cabeza ante la posibilidad o el ofrecimiento. 
Me pareció curioso. 

Me pasa que creo que veo con claridad qué es lo que está haciendo él. 
Creo que veo sus intenciones y hacia dónde conducen sus acciones. 
Pero luego pienso nuevamente quizás esto es paranoia. 
Tú insistes en que no lo es. En que no me equivoque. En que no lo descarte.
Creo que piensas que a mí me gustaría meterme ahí. 
Justamente porque yo no le debo lealtad a nadie.
Pero se supone que creías que yo no armaba problemas. 
Me parece curioso. 

A mí no me gusta tener todas las puertas abiertas. 
Me gusta ser la razón por la que se cierran. 




02 octubre, 2026

Tesoros.

Paolo Barretta
Y estas almas pequeñas. 
Me cuentan penas y autocuestionamientos que viví hace 10 años.
Trato de aliviarlos sin ser condescendiente. 
No tengo ninguna superioridad moral. 
Me parece igualmente que son cosas que hay que vivir. 
Recuerdo que me dolieron profundamente, pero me enseñaron mucho. 
Porque cuando era así, más joven y más inocente, me equivoqué mucho. 
Y varias veces me caí con la misma piedra, porque no quería hacer entrar la lección. 
Me dolía aprender. Me dolía avanzar. 
Pero creo… que me hizo mejor.
Me endureció para lo que vendría después.  

Soy agradecida de esos duelos que me tocó llevar.
Algunos fueron sumamente largos. 
Quisiera pensar que ya están todos atrás, pero ahora… viviendo lejos, a ratos me da la impresión que se vuelven a abrir, vuelven a hablar y llorar. 
La mayoría susurran a alguna hora del día y por lo demás, me dejan en paz. 
Otros palpitan con el sol y no se van nunca. 
Pero es crucial. Darse el tiempo. 
Si nada duele, nada es realmente feliz. Ni realmente glorioso. 
Ese es el precio.
Tal y como decíamos ese día: para vivir anestesiado, mejor nada. 
Sólo trato de no ahogarme en la emoción. 
Intento alejarme de los extremos.

Me pasa todo lo contrario que a él.
Por segunda vez desde que me fui y justamente cuando me cruzan el pensamiento, me habla alguno de mis tesoros porque necesita urgentemente mi input particular e individual sobre algo muy altamente específico. Sobre algo en lo que aparentemente a sus ojos nadie más podría aportar o contestar, sólo yo. 
Me dicen que me piensan siempre. 
Que los acompaño siempre. 
Aunque no hablemos. 
Aunque no nos veamos. 
Aunque estemos lejos. 
Que necesitan hablar conmigo porque los conozco como nadie.
Y aquí me dan ganas de sentarme a derretirme y llorar. 
Tanto amor.
Me llega a doler. Me aprieta el pecho.  
Me deja muda. 


27 septiembre, 2026

Sofoco.

Peer Heesterbeek























Y puedo ver esa intención. 
Te veo buscando esa respuesta en mí. 
Buscando una reacción a lo que me dices. A lo que haces. 
A donde llevas tu mirada. 
A donde llevas la conversación. 
A donde llevas tus manos. 
A como mueves tu cuerpo. 
Te veo.
Te veo armando castillos de cartas. 
Piso por piso. 
Ansioso, cuidadoso, sonriente pero cauto. 
Te dejo hacerlo. No te interrumpo. 
No sé que es peor, honestamente. 
Saber que esto no llega a nada o saberlo y no decírtelo. 
No soy capaz siquiera. 
¿Es esto maldad? ¿Amargura?
Sé exactamente qué esperas de mi, pero no soy capaz de dártelo. 
No lo tengo. 
No me nace. 
Deja de perder el tiempo conmigo. 
Acá no hay arreglo. 
No sé qué me pasa.
Podemos seguir, pero no estoy acá. 

Hace no mucho me detenía pensando justamente varios castillos hipotéticos más adelante. 
Sobre cómo no me gustaría hacer estas cosas con la persona equivocada. 
Cómo me carcomería las ganas de vivir. 
Hacerlo con alguien que no sea capaz de soportar. Con alguien que no sea capaz de entender.
¿Se me ha acabado la paciencia? ¿A dónde se fue?
Echo de menos no explicarme ni justificarme.
Echo de menos a quienes me querían por default.
Hay días que simplemente no me da. 
No me nace explicarme y justificarme.
¿Qué se supone que estoy defendiendo?
Decidan ya que no vale la pena y hagan retirada. 
Juro que no diré ni una palabra. 
Ni siquiera lo digo con rencor. 
Entiendo perfectamente. 
Yo tampoco perseveraría. 
Después de todo, ¿quién se sofoca con muestras de afecto?
Parece que sólo yo. 

15 abril, 2026

Longevidad.























Tiempo que sobra.
Pero por sobretodo, tiempo que me falta. 
A ratos, mal repartido. 
Intento extenderlo, acortarlo. 
No lo logro. Se me escapa. 

Estoy buscando excusas para mantener el contacto.
Eso me dijiste.
Yo no he sentido la necesidad de armar excusas hasta ahora. 
No he sentido que las necesite. 
Siento que a veces es así de obvio. 
No me esfuerzo en esconderlo porque no tiene sentido. 
Soy abierta y a veces alarmantemente honesta porque no tiene sentido no serlo. 
Pero no es arbitrario.
No es que no vaya a extrañar a esta gente. Es que no necesito esconderlo. 

No es una infinidad de gente, pero sí es infinito lo que les quiero decir. 
Quiero meterlos en mi bolsillo y acarrearlos a donde voy. 
Pienso en cómo voy a hacer para hacer de nuevo esto allá, juntar gente que encuentre algo rescatable en mí y decida intercambiar pedazos de sí conmigo, integrarme a sus vidas.   
No es la primera vez que lo hago, pero no sé si aún tenga la destreza de venderme bien.
A veces tan valiente y a veces tan cobarde. Me toca lanzarme de nuevo sin saber qué hay al fondo. 
Aguantar el aire y lanzarme de cabeza. 

A veces me siento eterna y otras, superflua e intrascendental. 
Siento que tengo vida infinita en cómo me ven ellos, cómo me recuerdan ellos, qué admiran de mí, qué recuerdan y adoran de mí; etérea, mientras en mí no hay ni la más mínima sospecha. 
Otras, siento que no causo impacto alguno, que floto irrelevante por las vidas de todos como un satélite sin nombre propio, adornando el camino, pero sin participar realmente.  
Me genera conflicto a veces. 
Porque me repito constantemente que no me debería importar lo que piensen. Porque se supone que estar presente es entregar de forma ciega y desinteresada. Y muchas veces -si no es la mayoría-, es un trato no recíproco. Porque son mínimas las veces que he sentido el mismo entendimiento que entrego dirigido hacia mí. No porque no haya intención de darlo, sino porque habitualmente no es en la forma en la que lo necesito. 
Pero me pesa pensar que no fui auténtica. Por eso intento serlo todos los días. 
Incluso si eso me convierte en alguien difícil de querer. 
¿Es realmente así? No lo tengo claro. 
Quisiera pensar que no. Quisiera pensar que no es un esfuerzo. 

Qué tiempo que no sentía esta necesidad de escribir como lo hacía antes.
Ordenar todo a lápiz y papel y desenredar lo que no me deja dormir. 
Intentar encontrar el sentido conversando conmigo misma y decidir cómo es que me siento.
Varios, varios años. 
Qué años que han sido. 
Qué años que se vienen. 
Qué recuerdos. Longevos. Eternos. 
No me dejen olvidar.