30 marzo, 2010

Deja vú.



... Tal vez no fue lo correcto...
-¿Cierto?
Mis ojos enfocan un entorno diferente.
-¿Ah?- pregunto desconcertada.
-¿No estabas escuchando?- inquiere ella ofendida.
-Sí, sólo me perdí al final...-traté de repararlo.
-Dije que podríamos hacerlo el martes -repitió ella.
-Bien, quizás me perdí antes -admití.
Ella comenzó de nuevo.
No escuché una palabra.
Trataba de encontrarle sentido a lo que ella decía, pero los sonidos se apagaban y parecía que hablaba en otro idioma.
Sólo veía su expresión, de nuevo enojada, y mis oídos se destaparon.
-Oye...-decía ella en tono bajo.
Yo la miraba tratando de concentrarme.
-Oye, ¿qué pasa?...-me miró preocupada.
Escuchaba claro otra vez.
-¿Ah?-pude articular.
-¿Que ocurre?
-Sólo estoy distraída...tengo sueño- mis ojos buscaban cerrarse.
-Duerme- me dijo mientras me tendía en el sillón y me tapaba.
Mis ojos no tardaron en encadenarse y las imágenes comenzaron a desfilar por mi retina.
Él, tratando de hablar, mi abuelo y el pequeño, y el muerto en su ataúd.
¿Habré hecho lo correcto?
Mis ojos se abrieron de improviso.
Estaba en otra casa, y todos estaban allí.
Él apareció, preguntándome algo.
Yo titubé, y él volteó y le habló a alguien más.
No entendía nada.
Avancé y entré a otra habitación.
Estaba toda la familia llorando, y apareció un párroco con una biblia.
Bendijo el ataúd y se fue.
No entendía nada.
Todo se borró y aparecí en la casa de mi abuelo y mi madre lloraba viendo a un pequeño.
Lo entendí todo.
-¿Cierto? -dijo ella.
-Estaba distraída.

28 marzo, 2010

Perdón.


Ese mismo día, él lo intentó.
Varias veces.
Entablar una conversación.
Yo simplemente no podía responderle.
No podía.
Él entendía y miraba a alguien más para que le respondieran.
Lo intentó de nuevo.
Esta vez yo sostenía la mano de él, y me miro sólo a mí, recalcando que me hablaba a mí.
Lo intentaba.
La cabeza me ardía, y las palabras de me atragantaban en la garganta.
Él miraba insistente, y yo trataba de escupirlas, cada letra pesaba más que la anterior.
Sólo pude decir monosílabos.
Aparentemente eso le bastó.
Lo intentó más tarde, pero no le dejé.
Lo intentará de nuevo, no se si podré.
Me obligaré a responder.
Esto no puede seguir.
Perdón es perdón.
Y aunque recuerde lo que pasó, y lo que me dijo e hizo, lo perdoné.
Y perdón es perdón.

13 marzo, 2010

Acorralada.


Algo muy peculiar ocurrió el día de antes de ayer.
Quedamos en juntarnos a la hora de siempre en el lugar de siempre, y cuando llegamos esperamos al resto.
Estábamos en eso cuando nuestros teléfonos empezaron a sonar.
Obvio era él. Claro que sí.
Bueno, no fue necesario que les pidiera que no contestaran.
De cualquier manera no lo harían.
No querían.
Aparentemente a todos les está sobrando su compañía últimamente.
Llamó a todos por lo menos tres veces.
Incluso osó llamarme a mí una vez.
En mi fuero interno pensaba:
Llama sólo una vez más y no censuraré mi cabeza.
Lamentablemente para mí, no llamó de nuevo, y tuve que volver a enterrar ese rencor.
Pensábamos lo usual.
Nos había visto en el centro, y nos llamaba para preguntarnos por qué no lo habíamos invitado, que eramos unos ingratos, y blahqueteblah.
En fin, no le contestamos las 20 veces que llamó.
Decidimos subir al cerro cuando se hubo reunido todo el grupo.
Subimos animadamente, riéndonos, como siempre.
Llegamos a la cima, y nos sentamos en el mirador, como siempre.
Nos recostamos en los bancos, recordando lo que habíamos hecho la última vez que habíamos subido.
De pronto, de en medio de la nada, salta él con otro chico gritando.
Todos nos quedamos helados.
Realmente el intento de asustarnos había surtido efecto.
El otro chico saludó, y todos le respondimos contentos.
Pero luego, le dijeron a él que saludara.
Y todos saludábamos de mala gana.
Yo apenas asomé mi mejilla y ni sonreí cuando él se me acercó.
No habían pasado ni 5 minutos, cuando le dije en voz baja a ella que nos fuéramos.
Ella al principio mostró una mirada de extrañeza, que se desvaneció una milésima de segundo después.
Me miró y me asintió.
Le hice una seña a los demás, para que no nos siguieran.
Asentí y me despedí de todos en voz alta, sólo para no tener que oler su perfume otra vez.
Bajé casi corriendo y ella me seguía a pasos cortos, con el aliento entrecortado.
La esperé, impaciente, y luego nos tomamos de las manos para poder bajar sin resbalarnos.
Estábamos en eso cuando suena mi teléfono.
Mensaje.
Tuve que quedarme para que él no las siguiera. ¡Apúrense!
Asumí que llegaba un poco tarde.
Íbamos a comenzar a bajar cuando apareció todo el grupo.
Él sonreía se oreja a oreja.
Maldito.
Nos encontramos de frente con una caída en el terreno.
Los hombres se acercaron.
Se ofrecieron a ayudarnos.
Las chicas accedieron.
Él bajó hasta la mitad, esperando ayudar a alguien más a bajar.
Nadie más parecía querer ir primero.
Le rogué al oído a alguien más que fuera primero.
Vio mi rostro y asintió.
Bajó hasta un poco más arriba de donde estaba él, y tomó mi mano para ayudarme a bajar hacia él.
Decidí bajar sin siquiera apoyar una mano cerca de él.
Como resultado, me tropecé, y casi ruedo todo el trayecto hasta el inicio de la falda del cerro.
Para suerte mía, ella me esperaba abajo, y me tomó cuando vio que me resbalaría.
Él ni siquiera me miró.
Me alegré.
Seguimos bajando y ella me dijo:
-Se dio cuenta.
-¿Quién?¿De qué? -pregunté extrañada.
-Él -contestó-, de que no quisiste tomarle la mano -respondió con la mirada perdida.
No respondí.
-Yo también me dí cuenta, por eso te tomé cuando te ibas a resbalar.
-Mmm...-fue lo único que pude decir.
Nos despedimos por última vez y desaparecimos.
Luego ella se fue, y desapareció.
Y luego yo desaparecí.
Desaparecí.
Ojalá él desapareciera.