22 diciembre, 2009

Perdida.


El otro día me junté con unos amigos.
Para diferencia de los días anteriores, el clima era maravilloso.
No decidíamos qué hacer, o a dónde ir, por lo que decidimos ir de "excursión" al cerro.
La verdad es que ruta había una sola, pero habían decenas de senderos distintos.
Como siempre, decidimos no guiarnos por lo que los demás siempre hacían, y nos fuimos por un sendero alejado de la ruta original, uno muy empinado y con raíces por todas partes. Había llovido el día anterior, por lo que la tierra aún estaba un poco húmeda y resbalosa, debido a que el sol no alcanzaba ese sector del cerro.
Los árboles se fueron tupiendo acorde íbamos subiendo, y nosotras lográbamos subir cada "peldaño" de raíces con ayuda de los hombres.
Yo iba justo detrás de él, subiendo, y él era el "guía" del grupo.
El sujetó mi mano durante casi todo el trayecto, para ayudarme a escalar, hasta que luego ya casi parecía natural, y no quería soltarla.
Pude notar que él también se sonrojó, y fue ahí cuando solté su mano de manera sutil.
No había nada que lamentaba más, que hacerle falsas expectativas, cuando él sigue enamorado.
Aunque comencé a cuestionarme si eran en verdad falsas expectativas.
Para él, resultaba tan fácil encandilarme con su personalidad.
Pero debía volver a la realidad.
Era algo extremadamente egoísta el volver a hacerle lo mismo, y que revivamos la misma historia con un final amargo.
Al final, cerca de una hora después, llegamos a la cumbre del cerro, donde nos sentamos y nos refrescamos.
Bromeamos, y nos reímos observando la hermosa viste que se lograba desde ese ángulo, desde donde se podía admirar el lago en toda su magnitud, y la larguísima costanera, llena de hoteles y restaurantes, cuyas luces se veían casi como estrellas al atardecer, donde además se reflejaban como la luna misma en el lago.
Entonces, bajamos un poco por las faldas del cerro, y comenzamos a irnos hacia la orilla.
Bajamos y bajamos hasta llegar a una ladera tan encorvada que terminamos poco menos rodando abajo, llenos de tierra, riéndonos de nuestra propia idiotez.
Desde ahí seguimos un camino que seguía la línea del tren, y caminamos en medio de ésta, saltando entre las vigas, hasta llegar a un corte en el camino, desde el que fuimos a la derecha, bajando aún más.
Caminamos esquivando ramas y espinas, arrastrando la basura del camino, hasta llegar a la cuesta más empinada que habíamos encontrado hasta ese momento.
Tenía una escalera marcada de raíces, por la cual bajamos delicadamente, para encontrar finalmente nuestra playa.
Nos alegramos de encontrarla finalmente, ya que de hecho, hacia dos días que no la encontrábamos.
La recordaba distinta, pero avanzamos saltando por las grandes piedras que cubrían la orilla, hasta llegar a una especie de cueva, que parecía partida por la mitad, a lo largo, en la que todo volvía a recuperar su magia, donde podíamos ver rastros de una fogata, de una fiesta, de nuestros mismos recuerdos, y lo que recordaríamos ahora, como cuando fui con él ahí, y él me la enseñó por primera vez.

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